Entrevista
a Pablo Pineda, un estudiante con síndrome de Down que ya recibió
un título terciario en España.
Por
Sol Alameda *
* De El
País, de Madrid, especial para Página/12.
El maestro Pineda Veintinueve años. Diplomado
en magisterio y próximamente
licenciado en psicopedagogía. El español Pablo Pineda
es la primera persona
con síndrome de Down, en toda Europa, en llegar tan lejos. Este
joven envía
con esta entrevista un mensaje a la sociedad: todo es posible.
Nota
de pasoapaso.com.ve - La entrevista fue difundida a través del
foro de discusión
"Educación Inclusiva" - Diciembre 2003.
Dice
Pablo Pineda que la primera noticia de que era síndrome de Down
lo suyo
la tuvo a los seis o siete años. "Un profesor de universidad
que llevaba el
Proyecto Roma, don Miguel García Melero, en el despacho del director
me
preguntó: '¿Tú sabes que eres síndrome de
Down?'. Yo, inocentemente, le dije
que sí, aunque no tenía ni idea. Él lo notó
y se puso a explicarme qué era
eso, aunque no era genetista, sino pedagogo. Y yo, como a todo le saco
punta
y tengo esa agudeza mental, le dije: 'Don Miguel, ¿soy tonto?'."
El Pais (EP) -¿Por qué se lo preguntó?
Pablo Pineda (PP) -No sé. Es difícil saberlo. Quizá,
si a los seis años te asocian con un síndrome, tú
lo asocias a ser tonto o no. Él me dijo que no era tonto, y le
pregunté: "¿Y voy a poder seguir estudiando?".
El me dijo: "Sí, por
supuesto". Luego comenzó el proceso de la calle; los niños
empezaron a
decirme: "Pobrecito, está malito". Y yo me enfurruñaba,
porque no estaba
enfermo.
EP -Pero sí veía que su cara era distinta.
PP -Eso sí. Que tenía los ojos más alargados,
que las manos no eran iguales. No
había visto a otros niños con síndrome, pero quizá
tenía la mosca detrás de
la oreja. Quizá tenía una inquietud. ¿Y esto del
síndrome, qué falla será?
En casa, mis padres nunca me habían comentado nada, pero después
de la
primera noticia le pregunté a mi madre: "¿Es verdad
que soy síndrome de
Down?". Estaba con mi hermano Pedro, el mayor, que estudiaba medicina
en
aquella época, y empezó a explicarme lo que era la genética,
los genes; así
me fui enterando. Y volví a hacerles la misma pregunta que al
profesor:
"¿Puedo seguir estudiando?" "Claro", dijeron
los dos, "sin problemas".
Estaba muy a gusto en el colegio, con mis compañeros. Luego,
durante un
tiempo, no tuve interés de saber más; hasta que empecé
a estudiar la carrera
de magisterio, a los 21 años, al tocar el campo de la educación
especial:
ahí es cuando me entero de lo que es esta discapacidad. Aunque,
al
describirla, los libros hablaban de que era una enfermedad y de la cultura
del déficit, de todos los problemas que tienen. Muy negativo.
Y cuando
empecé a leerlo me dije: yo no soy así.
EP -¿Pensó que era un síndrome de Down un poco
especial?
PP -Exactamente. También pensé, además de
que yo era especial, que otros muchos síndromes de Down que ya
conocía tampoco eran como los describían los
libros. La literatura nos pone peor de lo que somos, y nos aparta. Sobre
capacidad motórica, te explican todo lo que deberían tratar
en capacidad
mental. Lo mental siempre se vende peor que lo físico. Dicen
que somos
deficientes, que somos retrasados. Y que no hay ninguna solución,
que es lo
peor. Se quedan con las alteraciones visibles, y asocian lo mental con
la
locura, porque antes no se distinguía entre deficiencia mental
y enfermedad
mental. Y todavía se distingue mal... Así que cuando la
gente ve a un
paralítico mental dice: ése está loco. Deficiencia
se asocia con locura.
EP
-¿Le costaba estudiar más que a los demás?
PP
-No. Bueno, los números y las matemáticas no me gustan
nada; pero eso no es algo extraordinario, ni característico de
un síndrome de Down.
EP
-Supongo que la adolescencia debió de ser una etapa más
dura que la
infancia.
PP
-He pasado por distintas épocas. Cuando empecé en primero
de BUP (el
bachillerato único polivalente), nadie se esperaba un síndrome
de Down en un
instituto, y la gente me miraba como diciendo: que hace éste
aquí. Hicieron
una cosa ilegal, que los profesores tuvieran que votar mi admisión
en el
instituto. Así que fue duro. Pero poco a poco me fui sacando
ese torrente de
magia o de cariño y fui conquistando a mis compañeros,
porque era muy
consciente de que debía hacerlo. Con los compañeros sabía
que tenía que
atacar charlando, metiéndome entre ellos, y eso fue lo que hice.
Y
reaccionaron muy bien; en primero, fue una relaciónbonita. Y
a los
profesores, a pesar de que habían votado, a muchos los fui conquistando,
aunque a ellos fue por lo cognitivo. Les preguntaba en clase, me interesaba,
y eso los descolocaba. Después, en segundo, ahí todo fue
fatal. Quizá porque
los niños con 14 años siguen siendo niños, pero
los de 16 se hacen los
duros, son crueles, y entonces comenzaron a mirarme por encima del hombro,
a
no hablarme. La vida era imposible.
EP
-¿Y qué hizo?
PP
-Al principio me sorprendí. Me desanimé y pensé
en tirar la toalla. Tampoco
sabía cómo contárselo a mis padres, así
que me lo callé todo. Los de primero
eran profesores jóvenes, pero en segundo eran mayores y no creían
en mí.
Decían que ese niño no podía aprender, que no sabían
cómo iban a enseñarme,
que no iba a aprender nunca, que las matemáticas me costaban
un montón. No
veían ninguna luz y empecé a deprimirme.
EP
-¿Qué asignaturas prefería?
PP
-La historia y las ciencias sociales me encantaban. Me leía
los anuarios. Y
también me gustaba el griego. El profesor era muy joven, acababa
de entrar
en el instituto, y me encantaba cómo me enseñaba.
EP
-Hemos llegado a tercero. Entonces, ¿qué pasa?
PP
-Pues que todo vuelve a estar bien. Tengo muchos amigos, hacemos viajes.
EP
-¿Y cuándo se aceptó del todo?
PP
-Pronto. He dado conferencias, y en una de ellas, cuando tenía
14 años, una
señora me preguntó si me haría la cirugía
estética para cambiar los rasgos
de mi cara. Y le dije: "No, los tengo a mucha honra". Y luego:
"¿Es que no
te gusta como soy?" Yo he sido muy exigente conmigo mismo.
Uno
de los problemas que tienen los Down es que la sociedad suele tratarlos
como niños. Esa lucha para crecer, a veces debe hacerse contra
la propia
familia.
Por ejemplo, mi físico es el mismo de hace años, no veo
cambios en mí.
Cuando me preguntan cuántos años tengo y digo 29, me dicen
que no los
aparento. Eso me molesta. Sé que es por el físico, pero
no me gusta que me
traten como a un niño; pero es muy difícil. Es verdad
que la gente piensa
que eres un niño siempre.
Quizás a algunos discapacitados los atrapa eso. Prefieren no
crecer, como
muchos otros niños, y ser Peter Pan para no enfrentarse con un
mundo que
suponen hostil.
A mí no me pasó. Cuando tenía 14 o 15 años
era tanta mi propia autoestima
que todo el lado conmiserativo no me gustaba nada. Quería salir
de eso,
demostrar quién era y lo que podía hacer.
EP
-En realidad, su vida debe ser difícil, necesita ser un buen
guerrero para
llevarla.
PP
-Sí que es duro, más que nada porque siempre tienes que
estar demostrando
que puedes. Que puedes hacer esto o lo otro, que puedes viajar. Es muy
cansado, te hartas. A veces piensas que los prejuicios han disminuido,
pero
es que están más soterrados. En el ingreso hubo un acto
de fin de curso.
Todos los premios se los llevaron las chicas, menos dos que fueron para
otro
chico y para mí. Al final, el director dijo: "Y ahora os
voy a hablar de un
chico que todos conocéis, que ha hecho un gran esfuerzo, pero
a quien no se
le ha regalado nada. Ese chico es Pablo Pineda". En cuanto dijo
mi nombre,
el salón de actos se puso en pie a aplaudir. Me quedé
de piedra.
EP
-¿De qué le sirve a usted esta atención que despierta?
PP
-Para mí no es nada, pero para el colectivo, todo. Lo hago por
el colectivo.
Debo hacerlo, me siento deudor con este colectivo desde que era pequeño.
Desde el programa "Hoy habla Pablo", cuando tenía ocho
años y salí por
primera vez en televisión, y ya dije que a los síndrome
de Down había que
llevarlos al colegio con los demás niños y dejarlos jugar
en los recreos.
EP
-Es curioso que con el tiempo se haya convertido en la estrella de su
familia.
PP -Sí lo es. Tengo dos hermanos con carreras universitarias
superiores, y yo
que soy el pequeño y síndrome de Down... Yo no creo en
el destino y todo
eso; pero, sin embargo, desde muy pequeño me di cuenta de que
el hecho de
estar marcado por el síndrome de Down me obligaba a algo. No
ser normal te
marca, la sociedad te pide algo por ello. A mí me ha pasado.
EP
-Una señora que sabe mucho del síndrome de Down me decía
que no todos los Down son iguales, y que eso explicaba que usted hubiera
podido estudiar.
PP
-Ese es el discurso de rizar el rizo. Sí, pero resulta que las
diferencias
no se explican genéticamente, se explican culturalmente. Ahí
es donde se
marca la diferencia entre un Down que puede llegar a estudiar y otro
que no.
Pero nos dividen entre niños mosaicos, o Down por traslocación,
o puros;
ésas son las tres clases de Down que existen, genéticamente
hablando.
EP
-La señora de quien le hablo me dijo que para haber llegado a
la universidad tiene que ser mosaico.
PP
-Sí, o bajorrelieve... Yo soy puro, soy normal. Dicen que
los mosaicos
tienen más capacidad que los otros, pero resulta que yo no soy
mosaico...
Así que mi caso deja bien claro que lo genético no explica
la diferencia. Ya
me lo han dicho más veces, que tengo que ser mosaico, y que de
otro modo no
se lo explican. A veces la comunidad científica y la gente es
torpe, y no
entiende nada que la genética no les explique.
EP
-¿No es eso como admitir, de entrada, que casi no hay nada que
hacer por ustedes?
PP
-Claro, como si no pudiéramos ser estimulados, como si no
pudieran
enseñarnos. De ese modo no tienen que asumir su responsabilidad.
¿Y cómo lo
explican? Pues diciendo que éste es mosaico. Otro argumento es
decir que
tengo un síndrome leve, o que soy límite. Pero no, soy
puro.
EP
-La primera vez que hablé con su madre, ya me di cuenta de que
no era una madre corriente.
PP
-No lo es. Nada de esto hubiera ocurrido si ella no hubiera actuado
como lo
hizo. Y de una madre no corriente nace un síndrome de Down que
para mucha
gente no es corriente.
EP
-Pero dentro del Proyecto Roma, que es europeo, ¿cuántos
han ido a la
universidad como usted?
PP
-Sólo yo. Pero igual que entre los normales hay diferencias,
y no todos
llegan a la universidad, lo mismo pasa con nosotros. Cada uno llega
a lo que
llega. Y eso me da una responsabilidad muy grande. Hace unos días,
unos
padres que iban a un congreso internacional del Proyecto Roma me decían:
"Pablo, tú eres un pilar fundamental del proyecto".
Me lo han dicho muchas
veces, que he marcado un camino.
EP
-¿Sus padres le han empujado a que usted mismo hiciera las cosas,
consultaron a los médicos cuando era pequeño?
PP
-Cuando empezamos, más que consultar a los médicos,
eran ellos los que
decían a los médicos qué había que hacer.
Ellos decían: este niño no podrá
aprender más que las cosas más sencillas, y mis padres
no les hacían caso:
tu ocúpate de las amígdalas, que yo me ocupo de su educación.
Nunca creyeron
que no podría aprender, nunca creyeron a mi médico, y
eso que era muy bueno
y me quería mucho, pero su mentalidad era de aquella época.
Mis padres
siempre pensaron que yo debía ser autónomo y me educaron
para ello. Don
Miguel López Melero ha sido un acicate. Cuando era niño,
me hacía pequeñas
putaditas. Por ejemplo, decirme que me iba a recoger y luego no venir,
dejarme solo, para ver qué hacía. Fíjate qué
listo. Y yo, además de maldecir
a toda su parentela y de estar muerto de hambre, pues tenía que
arreglarme
la vida, tomaba un autobús. Toda una aventura. Todos, mis padres,
mi
hermano, mi tío, se turnaban para espiarme detrás de un
periódico, como
detectives. Incluso si caían cuatro gotas y le pedía a
mi padre que me
llevara al colegio, me decía: "Ponte el impermeable y vete
en autobús". Mis
padres han sido fuertes, nunca han cedido, nunca les he pillado el punto
débil.
EP
-Entonces no ha estado superprotegido.
PP
-Pero sí tuve una figura protectora. Era mi tía Encarna.
No tenía hijos y me
quería mucho. Hasta hacerme mal, en el sentido de que cuando
iba a su casa
me untaba la mantequilla en el pan, por ejemplo. Si me quedaba solo
en casa,
me decía que fuera a dormir con ellos, no pensaba que podía
dormir solo.
Cuando murió fue un mazazo, pero también un punto de inflexión;
dejé de
tener a alguien que me protegiera de ese modo. Poco después de
que ella
muriera, mis padres tuvieron que viajar, y eso para mí fue una
lección de
autonomía. ¡Por fin! Porque mi tía me adoraba, pero
era el elemento
perturbador. Una vez fuimos de viaje con Miguel Melero, ella era muy
sorda,
y en el aeropuerto empezó a ponerme el azúcar en la leche.
Entonces, don
Miguel hizo una cosa muy bruta: le pegó un manotazo a mi tía,
cosa que le
sentó fatal. ¡Ja, ja, ja! El caso es que cuando ella murió
disfruté de esa
autonomía. Tenía que ir a comprar, manejar dinero. Fue
un cambio muy grande,
empecé a hacerme la cena: el huevo frito, la ensalada, el churrasco.
Son
cosas fáciles, pero normalmente un síndrome de Down no
las hace; si tiene
unos padres protectores no lo hace. Porque hay fuego, agua hirviendo,
etcétera.
EP
-Usted tiene un buen vocabulario.
PP
-Leí muchísimo. Anuarios, revistas, periódicos.
Todo.
EP
-¿Y novelas?
PP
-Mi madre me dice: "Tienes que leer novelas en vez de leer anuarios".
Pero
los anuarios me encantan. No sé, pero tengo mucha memoria y asocio
lo que
pasó un día con lo que ese mismo día me pasó
a mí. Las novelas no me dicen
nada. Prefiero escuchar Los 40 Principales que leer una novela. Parece
una
tontería; es más, es una tontería decir algo así,
pero ¿qué pasa?, pues que
Los 40 Principales es lo que escucha la gente de mi edad, el mundo real;
es
la música que escuchan los jóvenes. Y las novelas no lo
son. Los jóvenes no
leen novelas, y a lo mejor por eso yo tampoco las leo. ¿Qué
quiero yo? Pues
ser un joven, reivindico ser un joven. Ése es un tema que tengo
con mis
padres, un debate filosófico. El año en que lo pasé
mal en el instituto,
aquella lucha con los chicos, eso me hizo madurar. Tenía 15 años,
y los
padres a esa edad tienen un gran peso; entonces me aficionaron a la
música
clásica, a la cultura, y yo me quedaba en la burbuja adulta de
la cultura,
en lo sesudo. Y cuando me quedé solo en casa, me dije: ahora
tengo que sacar
mi parte más joven, esto se acabó. Se acabó Beethoven.
Mi madre dice que me
he convertido en infantil, que he retrocedido, que antes me interesaba
la
cultura más que ahora. Pero no es eso... Lo que estoy haciendo
es ponerme en
mi sitio. Me hace falta la música moderna, los grupos. Es que
estaba
estudiando a Piaget con canto gregoriano. ¡Imagina estudiar a
Piaget con
canto gregoriano! Para morirse, vamos; para tomar los apuntes y tirarlos
por
la ventana. Lo cambié por Los 40 Principales, y como que me animé
y hasta me
entraba más fácil.
EP
-¿Y piensa que, como hacen los adolescentes, se está enfrentando
ahora a sus padres?
PP -Sí. Viví demasiado con los adultos. Incluso
me lo decía mi profesor de
apoyo: "Pablo, que te estás aislando". Porque me quedaba
en casa con los
libros y la música clásica. Y ahora hay otra puerta, la
use o no. Creo que
esto forma parte de la lucha por la autonomía, por primera vez
me atrevo a
tener mis propios gustos. Cuando veo a mis sobrinos, que están
ahora con el
violín, con el canto, pienso: con 15 años, mira que son
sosos. Con 15 años,
lo que uno quiere es salir y divertirse. Pero no lo digo nunca, me lo
callo,
pero lo pienso. Si yo tuviera 15 años, me iban a meter a un coro
a cantar el
miserere... Y eso no quiere decir que no esté bien con mis padres.
Pero es
otra cosa. Ellos se están acostumbrando; me han dejado, creo,
como un caso
perdido. Antes, si quería ver Operación Triunfo, me decían:
"Pablo, ¿qué
haces?, eso es un comecocos". Ahora saben perfectamente que lo
voy a ver.
EP
-Antes decía que su profesor le decía que se estaba aislando.
¿Hasta dónde llegaba su confianza con él?
PP
-Con él hablaba de todo, de cosas que no hablaba con mi madre:
de sexo, por
ejemplo.
EP
-¿A qué edad empezaron a gustarle las chicas?
PP
-Siempre. Siempre estaba enamorado. He tenido muchos amores platónicos.
Cuando veo una niña muy guapa, es que ya me estoy enamorando.
Las chicas
guapas me encantan. En BUP ya me interesaba estar con las chicas. Las
de
clase me trataban con naturalidad, una me metió en un grupo de
Acción
Católica. Salía con ellos, después de la misa nos
esperábamos fuera. Y un
día, era 1992, después de las navidades, los esperé
como siempre. Diez
minutos, quince, media hora, tres cuartos de hora, y allí no
salía nadie.
Estaba mosqueado, hasta que apareció alguien. "¿Oye,
dónde está la gente?".
Contestó que se habían ido hacía tiempo. Me fui
llorando a lágrima viva.
Llegué a casa de mis tíos con los ojos supercolorados.
"Pablo, ¿has
llorado?". Y a partir de ahí dejé el grupo. Luego
estuve con los boy
scouts. En aquella época siempre buscaba amigos y quería
saber qué pasaba
con las chicas, cuál era su mundo. Entonces desconocía
el significado del
concepto desengaño. Apareció otra chica, siempre las encontraba,
y me
encandilé. Era muy guapa, lo intenté, "qué
guapa eres", hasta que un día vi
al novio, y vaya... Cuando se lo comentaba a mis padres, me decían:
"Hombre,
Pablo, es que tú te fijas en unas chicas muy guapas". En
aquella época era
un enamoramiento espiritual, más que carnal.
EP
-¿Y luego?
PP
-En los scouts había otra chica, ¡Dios mío de mi
vida...! Y lo mismo. Hasta
que en un campamento se mascó la tensión. Estaba el novio
de ella, era un
compañero, y él en broma dijo: "Así que te
gusta fulanita...". Fue terrible,
lloré, me fui, ella vino hacia mí: "Pablo, somos
muy buenos amigos, no
tenemos que dejar de ser amigos". ¡Qué mal me sentí!
Fue lo peor que podía
decirme. Y así me di cuenta de que el tema de las chicas era
muy difícil...,
una dificultad añadida. Supe que el síndrome de Down iba
a marcar mi vida,
que las chicas no querían enamorarse de mí porque era
síndrome de Down. Y
todavía me sigo rebelando contra ese pensamiento. Pero sé
que esa posible
novia debería ser tan especial que pocas podrían serlo.
Las chicas normales
no me quieren; tienen muchos prejuicios, tienen miedo, tienen una familia.
Fíjate lo que diría un padre que se diera cuenta de que
su hija tenía un
novio con síndrome de Down...
EP
-Pero dice que se rebela contra ello. ¿Podría ser su próximo
reto encontrar una chica apropiada?
PP
-Pero besarse ya sería un escándalo público. Imagínate.
Los mayores se
escandalizarían, irían a buscar un guardia, se armaría
la gorda. Me da
miedo. Hace un par de años estaba solo en la playa, hablando
por el móvil, y
a los cinco minutos ya tenía un guardia civil al lado. "¿Te
pasa algo?".
"Nada". "Es que me ha dicho una persona que estabas perdido."
Imagínate, por
estar hablando por el móvil... Si estoy besándome con
una chica, no es que
venga un guardia civil, vienen cinco.
EP
-¿Le gustaría vivir solo?
PP
-Poder, podría, pero se está muy bien en casa de los padres,
las cosas como
son. El otro día vi un reportaje sobre universitarios donde se
decía que la
mayoría vive con sus padres, porque la vida está muy cara
y eso... Yo me
considero uno más, tengo los mismos problemas que cualquier universitario.
Además empecé a trabajar en febrero, en el área
de bienestar social del
Ayuntamiento. Me dedico al sector de los discapacitados, soy lo que
se llama
un sensibilizador. Viene gente con discapacidad a preguntarme qué
puede
hacer, y sus padres, a consultarme.
EP
-Después de sacar una diplomatura en magisterio en la universidad,
ahora se está licenciando en psicopedagogía.
PP
-Es un poco más difícil, más abstracto. Sobre todo
la parte de los
psicólogos, como Piaget. Es como un desierto. Espero acabar este
curso, y
entonces será cuando oficialmente me licenciaré. Y mi
destino quiere ir por
ahí, aconsejando, orientando. Ahora el director del área
de bienestar social
me ha incluido en un proyecto de la Unión Europea que es para
fomentar el
empleo con apoyo, y para lo cual hay que hacer una labor sensibilizadora
muy
importante; yo voy a ir a las empresas con ese fin. Quieren crean una
red de
empresas solidarias donde puedan trabajar los discapacitados. En este
trabajo estoy con un equipo eminentemente femenino, con Inés,
María, Lola, y
otros dos chicos, Dani y Andrés. Es un apoyo psicopedagógico,
y estoy
contento, hace que me sienta útil.
EP
-Leía el otro día en un libro que ser Down, como sucede
con otras cosas, lo coloca a uno en una categoría que pesa mucho
más que las potencialidades que se tengan, los talentos que pueda
tener.
PP
-Te etiquetan y de ahí no sales. Toda la vida voy a llevarlo
encima. Así
como a David Bisbal le llaman el triunfito, a mí me llaman el
síndrome de
Down. Hay consuelos, como que el director del área de bienestar
social les
dijera a mis compañeros: "Explotar a Pablo, que tiene mucha
capacidad". Es
decir, yo veo que en el trabajo me consideran útil, y eso me
gusta. Pero lo
que más me compensa es demostrar lo que somos capaces de hacer,
que lo vean
a través de lo que yo hago. Claro que esto sólo se puede
entender si a uno
le importan los demás, si eres progresista.
EP
-¿Usted lo es?
PP
-Lo soy. Por eso critico ese discurso conservador que hay ahora, en
lo
educativo, lo social, lo político. Por eso me pongo en contra
de la ley de
calidad educativa, porque es conservadora y significa una involución
en el
plano de la educación de los discapacitados. ¿Cómo
se llama de calidad una
ley que consiste en hacer más exámenes y reválidas
en una sociedad en la que
hay que potenciar los valores sociales? Es una ley retrógrada
con respecto a
todo lo que se ha hecho en la anterior época en medios de atención.
Yo no
puedo estar a favor, el discurso de ahora es meternos en guetos. Como
tampoco puedo estar a favor de la guerra. Es que no puedo. Ni con los
políticos que están ahora en el poder. Y además,
el discurso respecto a los
discapacitados es global, afecta lo mismo a los Down que a los negros,
a los
árabes; a todos los diferentes. El respeto a los derechos humanos,
el de ser
todos iguales, es lo que tiene que estar por encima de todo. Por encima
del
dinero, del poder, de la competitividad. Y en eso se está retrocediendo.
Con
los líderes tan conservadores que tenemos en el plano mundial,
Berlusconi,
Sharon, Bush..., ¿adónde vamos a ir? Nos ha tocado vivir
un momento muy duro
a los progresistas.
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