Las limitaciones de nuestros hijos con necesidades especiales nos confrontan diariamente con nuestras propias carencias y limitaciones como padres, nos hacen conscientes de nuestras diferencias e imperfecciones como personas. Paradójicamente, en esta diversidad, en nuestras múltiples discapacidades, está también nuestra riqueza, la que nos hace complementarios, la que nos acerca unos a otros.
La rehabilitación, educación e interpretación de cada niño es una labor de equipo. Nadie puede solo. Tenemos que aprender a contar unos con otros.
Necesitamos hacer equipo al interior de la familia; con los profesionales: los médicos, terapistas y maestros que nos orientan y los atienden; con nuestros amigos.
Pero hacer equipo no es nada fácil, no basta proponérselo, no es cuestión simplemente de distribuir tareas. Es un proceso que se construye, con mucha paciencia, a partir del diálogo franco, abierto, que confronta perspectivas y "verdades" parciales para ir definiendo la realidad, donde cada uno ha de sentir valorados y recono-cidos sus propios recursos; donde nuestras limitaciones son retos, "zonas de crecimiento"; donde los objetivos persona-les y profesionales se armonizan y encuentran apoyo en los demás; donde las decisiones son compromisos comunes y se toman a partir de un consenso bien informado.
Un equipo es un grupo comprometido y flexible, dispuesto a reorientar sus prioridades cuando sea necesario. El niño con discapacidades tiene un lugar especial, pero no necesariamente es el centro de la actividad de todos; él también debe contribuir a apoyar a los otros en la medida de sus capacidades, él tiene derecho a aportar, a expresar sus necesidades, a conocer las de los demás para participar.
Hacer equipo nos hace más fuertes.