Autora: María Josefa Erreguerena. Fuente: Revista Ararú, No.
1, Febrero-Abril 1993
La telaraña en la que a veces
nos sentimos atrapados la vamos tejiendo con decisiones que tomamos
precipitada-mente, las que hemos pospuesto o las que nunca nos hemos
atrevido a tomar. La vida nos enfrenta cada instante,
y ante cada enfrenta-miento tenemos que tomar decisiones.
El primer paso para tomar una
decisión es ubicarse en la realidad. Así, el primer obstáculo a vencer
es la negación. Ver el problema no es nada fácil. La negación es
un mecanismo psicológico muy común y muy eficaz, que echamos a andar
para protegernos de lo que nos lastima y nos duele.
Desgraciadamente, negando las
cosas no las resolvemos, nada más las complicamos.
Por dura que sea la realidad,
hay que enfrentarla, hacer un esfuerzo por percibirla no como debería
de ser o como nos gustaría que fuera, sino simplemente como es.
El hubiera o el debería ser
son tiempos verbales inexistentes en la realidad.
El segundo paso es plantear
el problema; un problema bien planteado es ya la mitad del problema
resuelto. Para el planteamiento del problema es indispensable ubicarse
en el tiempo, el aquí y el ahora.
Algunas veces nos produce más
dolor imaginar cómo va a ser el futuro, que afrontar el presente. Pensemos
en una mujer con una pareja disfuncional en la que ya no queda esperanza,
hay faltas de respeto e indignidad: si ella imagina como será su futuro
sola con sus hijos seguirá aceptando un presente insatisfactorio, pero
si asume su realidad presente y resuelve su vida actual, probablemente
encuentre los medios para resolver lo que el futuro le depare.
Vivir en el presente, prever,
pero no sufrir por adelantado. La vida nos da cada día logros de desarrollo
de potencialidades que ni siquiera imaginábamos.
<!--
/* Style Definitions */
p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal
{mso-style-parent:"";
margin:0cm;
margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:12.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-fareast-font-family:"Times New Roman";}
@page Section1
{size:612.0pt 792.0pt;
margin:72.0pt 90.0pt 72.0pt 90.0pt;
mso-header-margin:36.0pt;
mso-footer-margin:36.0pt;
mso-paper-source:0;}
div.Section1
{page:Section1;}
-->
El tercer
paso es respetar a los demás, y a uno mismo, encontrando las líneas divisorias
entre los problemas de los demás y los nuestros. A veces quisiéramos tomar
decisiones que otros están postergando porque desde afuera vemos muy clara la
situación del otro. Muchas veces tomamos decisiones
pensando en la transformación del otro; la esposa, el marido o los
hijos cuando, en realidad, sólo cada uno de nosotros puede tomar la
decisión de su propia vida.
Un amigo abogado tiene un hijo
de 18 años que ha decidido ser fotógrafo.
El padre se opone porque piensa
que al joven le sería más fácil aprovechar la experiencia y la infraestructura
que el ha logrado como profesionista.
El problema del hijo es seleccionar
la actividad que quiere desarrollar en el futuro; el problema del padre
es asumir a su hijo como un ser humano independiente que necesariamente
tendrá que vivir su vida, sea cual sea su realidad.
Hay que definir quién o quiénes
son responsables de tomar una decisión, quiénes deben involucrarse
en el proceso, a quiénes consultar, a quiénes mantener al margen.
Hay decisiones que tienen que
ser conjuntas, compartidas, es el caso de las decisiones de pareja o
de las que la pareja toma sobre sus hijos pequeños. Es importante entonces
compartir el proceso desde el principio, desde el planteamiento mismo
del problema.
Aún en estos casos, toda decisión
implica momentos de soledad profunda, estamos ante un hecho que nos
confronta.
A veces quisieramos depositar
en otro la responsabilidad de decidir para librarnos de la angustia
que provoca. Buscamos a los amigos o a los "expertos", pero
un buen interlocutor no es el que acepta decidir por nosotros sino el
que nos devuelve el problema que nos pertenece.
El cuarto paso es buscar la
información, toda la que pueda ser importante para la toma de decisiones.
La información nos ayudará a encontrar nuevas alternativas de
solución, a ajustar de manera realista nuestras expectativas
y a estimar cuál es la relación entre el costo y el beneficio que
implica cada posibilidad.
Cuando hablamos de costo-beneficio
nos referimos no sólo al aspecto económico sino a todos los costos
y beneficios: sociales, emocionales, espirituales… que traerá cada
alternativa.
Pero, ¡cuidado!, la búsqueda
de información puede ser una trampa paralizante para actuar, una trampa
para postergar.
Imaginemos a un joven en el
momento de seleccionar una carrera universitaria: la búsqueda de información
sobre qué estudiar y en qué institución puede ser infinita. Es necesario
calcular el momento en que tengo la información necesaria y poner punto
final.
El quinto paso es pensar con
amor. La única forma de educar a un hijo es amándolo. La distinción
entre el amor y el apego es importante para tomar decisiones. El apego
es cuando "por amor" invadimos al otro, cuando afianzamos
las dependencias y no dejamos que el otro crezca y tome sus propias
decisiones; diferentes a la que nosotros tomaríamos. Apoyo no es intromisión.
El sexto paso es escucharse
a uno mismo, no sólo a nivel racional o conceptual sino ejercitar la
posibilidad de sentirse a uno mismo, preguntarse: ¿Qué quiero?
Y ¿Por qué lo quiero?; ¿Qué siento?.
El séptimo paso es tomar la
decisión. Actuar.
Todos los problemas tienen
muchas soluciones pero la soledad de ese momento es real. Hace falta
valor para darnos cuenta que la decisión, por trascendental que sea,
es sólo nuestra y, generalmente, va a afectar a terceros; tratar de
ser honestos y amorosos es la única salida.
Piense que lo peor que puede
hacer es no hacer nada, y si su decisión es por amor, confíe en su
intuición que finalmente, es la única guía totalmente particular,
subjetiva e individual.
Escúchese a usted mismo y…¡Buena
Suerte! |